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Restaurando bosques, cerrando brechas
Emilia Amezcua, investigadora en temas de movilidad y calidad del aire, ICM
José R. Morales, gerente de cambio climático y biodiveresidad, ICM
Cuando se habla de bosques suele hacerse desde el pasado, desde la elegía: el bosque que desaparece, el bosque que ardió, el bosque que alguna vez estuvo ahí. Ursula K. Le Guin, nunca errada, escribió que el nombre del mundo es bosque. La idea es radical: poco es paisaje, más bien es lo que contiene, organiza y hace posible la vida sobre la tierra.
El 21 de marzo, Día Internacional de los Bosques, es una fecha para recordar e inundar todo espacio de las múltiples razones por las que estos ecosistemas son fundamentales: capturan carbono, regulan el ciclo del agua, protegen la biodiversidad. En otras palabras, sostienen nuestra existencia.
En el contexto de la actual triple crisis planetaria (contaminación, pérdida de biodiversidad y cambio climático) donde los bosques se degradan, y a la vez, son compañeros fundamentales para mitigarla, el camino se bifurca entre la conservación y la restauración. Sin embargo, al poco tiempo ambos caminos convergen, pues estas acciones no ocurren en el vacío ni en espacios aislados, se desarrollan en territorios habitados por comunidades y pueblos que deciden quién y cómo se interactúa con los ecosistemas.
La restauración de los bosques y de otros ecosistemas tiene un papel relevante por su impacto en la agenda de cambio climático y en la conservación de la biodiversidad. México, como parte de sus compromisos de acción climática, incluyó la restauración en la actualización de su Contribución Determinada a Nivel Nacional y, en 2025, publicó el Programa Nacional de Restauración Ambiental. En este renovado impulso y fervor político por restaurar los ecosistemas, es fundamental asegurar que las intervenciones en el territorio no profundicen las brechas históricas asociadas a la desigualdad de género en las comunidades.
En México, entre hombres y mujeres persiste una brecha importante en la titularidad de los derechos agrarios, pues las mujeres poseen apenas el 27.47% de los derechos agrarios. Además, solo el 19.1 % de las unidades de producción agropecuaria están a cargo de mujeres. Más allá de datos estadísticos, estas son barreras estructurales: aunque las mujeres participan activamente en la producción de alimentos, en el manejo cotidiano de los recursos naturales y en las labores de restauración en campo, su contribución suele concentrarse en tareas no remuneradas o de bajo reconocimiento. En tanto, los beneficios económicos, el control de los recursos y el liderazgo formal permanecen mayoritariamente en manos de los varones. Cuando las mujeres no poseen la tierra de manera formal, quedan excluidas de incentivos gubernamentales, de apoyos para la restauración y de los espacios de toma de decisiones en ejidos y comunidades.
Implica reconocer a las mujeres como guardianas de conocimientos sobre las especies en los ecosistemas, y que esos saberes deben formar parte de la base de cualquier intervención.
Tradicionalmente, los proyectos de restauración se han diseñado bajo una supuesta «neutralidad de género», asumiendo que estas acciones benefician por igual a toda la comunidad. La realidad muestra lo contrario, si no se consideran las desigualdades estructurales, las medidas de mitigación corren el riesgo de ampliar las brechas existentes, sobrecargando a las mujeres con trabajo no remunerado y profundizando su ausencia en los espacios de decisión.
Por ello, la restauración forestal debe concebirse como una medida transformadora de género. Esto significa que los proyectos no sólo tienen el potencial de recuperar ecosistemas por una agenda de carbono o biodiversidad, sino también de transformar las relaciones entre las personas y su vínculo con la naturaleza. Implica reconocer a las mujeres como guardianas de conocimientos sobre las especies en los ecosistemas, y que esos saberes deben formar parte de la base de cualquier intervención.
Lograrlo no será sencillo. Los proyectos deben enfrentarse al menos a dos grandes retos. El primero es la desigualdad estructural, muchas mujeres trabajan parcelas que no están a su nombre y, por lo tanto, no pueden acceder a los beneficios económicos de la restauración. El segundo reto es la necesidad de incorporar presupuestos y mecanismos específicos con perspectiva de género en una medida que, por sí misma, ya resulta costosa de implementar de manera efectiva. Sin embargo, cuando las mujeres cuentan con autonomía económica y liderazgo técnico, la supervivencia y biodiversidad de las especies plantadas aumenta y la cohesión social se fortalece.
Restaurar un ecosistema es un acto de justicia, en el cual se devuelve la vida a la tierra y, al mismo tiempo, se cuestionan las relaciones de poder que llevaron a su degradación, se recuperan saberes y procesos de memoria que ponen en el centro el cuidado del territorio, e integra a las mujeres rurales en la acción climática. Es importante recordar que la acción climática no es solo una cuestión de CO₂, sino también de derechos humanos. Las medidas que se implementen no deben —y no pueden— profundizar las desigualdades existentes en el territorio.
Integrar la perspectiva de género en la restauración forestal es una condición necesaria para enfrentar uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo, pues necesitamos que todas las vidas, humanas y no humanas, participen en la reimaginación y reelaboración de nuestro sistema planetario. El nombre del mundo es bosque porque ahí, entre robles, cedros y el canto de todas las aves, es posible encontrar relatos de cómo deberíamos ordenarnos para que la tierra y sus ciclos no nos sean ajenos. Que este 21 de marzo sea un punto de partida para que los bosques no sólo cuenten por sus árboles, sino también por su igualdad y justicia social.
Texto publicado en: Greentology, 14 de abril de 2026, https://greentology.life/edicion-digital-gt/greentology-edicion-no-48-abril-2026-ciudades-y-territorios-sistemas-urbanos-para-la-sociedad-del-futuro/