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Iniciativa Climática de México

Esa mala costumbre de respirar

Noticias Esa mala costumbre de respirar Iniciativa climática de México, octubre 09, 2025. Verónica Garibay Bravo, Gerente de Transporte y Electromovilidad en Iniciativa Climática de México, ICM El aire que parece y huele limpio puede estar contaminado. No todo el tiempo respiramos bajo una capa visible de humo gris y, de hecho, la contaminación del aire no siempre es fácil de detectar. La mayoría de los problemas generados por la polución atmosférica se acumulan gradualmente, al respirar aire contaminado durante meses o años, y se convierten en padecimientos crónicos, ocasionan muerte prematura o incrementan enfermedades como el Alzheimer.  La información relacionada con la mala calidad del aire no ha generado las respuestas colectivas Generalmente han sido las crisis las que ayudan a sensibilizar sobre la problemática. El llamado “gran smog de Londres de 1952” (el cual, por cierto, se describe con detalle en la muy famosa bioserie de la fallecida monarca del Reino Unido) marcó el inicio de los estudios sobre contaminación del aire y mortalidad prematura, por la gran cantidad de muertes e ingresos hospitalarios que ocasionó. Desde entonces, se ha multiplicado la evidencia científica que demuestra que éste sigue siendo un problema de salud pública que afecta particularmente, a las infancias, mujeres embarazadas, adultos mayores, personas con padecimientos crónicos y grupos de ingresos bajos.  En este siglo XXI, también se han incrementado las películas con temáticas relacionadas a un futuro postapocalíptico en el que el aire contaminado es central. Pero no basta con que en el imaginario colectivo sea un temor vigente, la información relacionada con la mala calidad del aire no ha generado las respuestas colectivas necesarias para atender la problemática.  De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la mayoría de las personas en el mundo estamos expuestas a niveles insalubres de contaminación, es decir, a una mala calidad del aire, y esto tiene consecuencias importantes en nuestra salud. Comúnmente asociamos la contaminación del aire con padecimientos respiratorios leves, como tos, rinitis, o incluso asma. Pero la exposición continua a una mala calidad del aire puede desencadenar una serie de padecimientos múltiples, no sólo respiratorios, sino también cardiovasculares, metabólicos, neurológicos y gestacionales.  En ese sentido, debemos subrayar que los efectos negativos del cambio climático afectan directamente la calidad del aire. Por ejemplo, los incendios en grandes regiones de Canadá y Estados Unidos ocasionaron que ambos países presentaran el mayor incremento de contaminación atmosférica de todo el mundo. Se calcula que el 50 por ciento de los canadienses respiraron un aire que excede sus estándares de calidad del aire al registrar la más alta polución por partículas desde 1998, según el Índice de Calidad del Aire 2025 del Instituto de Política Energética de la Universidad de Chicago (EPIC por sus siglas en inglés).  El deterioro de la calidad del aire es, a escala urbana, una de las múltiples dimensiones de la emergencia climática en que vivimos. La quema de grandes cantidades de combustibles fósiles, además de exacerbar el efecto invernadero, es también una de las principales fuentes de las partículas y el ozono, los contaminantes relacionados con los padecimientos mencionados en párrafos anteriores.  La buena noticia es, entonces, que muchas de las acciones que se implementen en las ciudades para mitigar el cambio climático seguramente tendrán beneficios. En primera instancia, para la salud de sus habitantes más vulnerables: niñas, niños, mujeres embarazadas, adultos mayores, personas con enfermedades crónicas y grupos de ingresos bajos. La responsabilidad de estas acciones recae en todas las personas: gobiernos, industria, ciudadanía, academia.  Está demostrado que una buena alimentación contribuye a conservar la salud y el bienestar físico. Si hemos de cuidar lo que comemos y bebemos para tener una buena calidad de vida, pensemos también en lo que entra al organismo a través de nuestros pulmones. A fin de cuentas, todas las personas, sin excepción, tenemos la mala costumbre de respirar.  Esta columna fue publicada en la versión impresa de Excélsior el 5 de octubre de 2025. Facebook Twitter LinkedIn

Aprendizajes de las juventudes ante la crisis climática

Lo que tenemos que aprender de las juventudes frente a la emergencia climática Jorge Villarreal, director de política climática en ICM.  Como adultes y como activistas por el clima nos hace falta humildad para entender y aplaudir el empoderamiento de las juventudes. No hemos reconocido lo decisivo que este movimiento emergente es para el planeta, y que opera a través de sus propios saberes, lenguajes diversos, afectos, formas de organización y prácticas políticas propias. Erróneamente hemos querido que se comporten como nosotras y nosotros, activistas adultes que llevamos ya varios años por acá, pero cuyo esfuerzo ha sido claramente insuficiente para cambiar el sistema, para atender la emergencia climática.   Por ello, en el día de las juventudes no puedo dejar de pensar en el año 2021. Recuerdo perfecto los nutridos caudales de juventudes llenando las calles frías, mojadas y ventosas de la Cumbre del Clima de Naciones Unidas en Glasgow, Escocia (COP 26). Estaban por doquier, en las salas y pasillos de las negociaciones del clima, en las vallas demandando acción urgente y enalteciendo la protesta por la justicia climática; también en las bancas y banquetas riendo, deliberando, llorando, discutiendo o celebrando.  Su presencia era tan abrumadora y la voz tan fuerte, que convirtieron una convención climática más, en la plataforma de un poderoso movimiento político. La marcha por el clima en Glasgow fue poderosa por su muy nutrida participación (150.000 personas, la más grande hasta la fecha) y porque era claramente incómoda: “¡¿Cómo se atreven? Con nuestro futuro NO!”, gritaban una y otra vez, en colectivo y en lo individual, para cuestionar que la acción de la COP26 estaba muy lejos de ser suficiente, adecuada, certera.  Tenían razón. Cuatro años después, alcanzamos ya niveles de emisiones contaminantes que generan un incremento de la temperatura promedio de la tierra de más de 1.5°C (sobre los niveles preindustriales, cuando empezamos a quemar una gran cantidad de combustibles fósiles). Los impactos de este calentamiento los vivimos a diario: cada año rompemos niveles récord de altas y prolongadas ondas de calor, tenemos mayores y más prolongadas sequias, huracanes atípicos y muy devastadores. Todos ellos con consecuencias sociales y económicas graves, que solo profundizan las inequidades existentes. El futuro sin una acción climática casi radical, pinta peor.  Al organizar la Cumbre de la Juventud en Glasgow y movilizar a tantas personas, las juventudes hicieron su tarea y entendieron con claridad que debían verse y organizarse como un movimiento político, que se gobierna desde las bases, y no como un “grupo de interés” que solo dialoga con las élites en uno o dos momentos al año.  Comprendieron perfecto lo que nuestra admirada Mary Robinson, expresidenta de Irlanda y Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, llevaba años comunicando: que la crisis climática no es una crisis técnica, es una crisis de voluntad política. Por eso la demanda tan clara de las juventudes: “¡¿Cómo se atreven? Con nuestro futuro NO!”. Este grito fue tan políticamente poderoso que tuvo eco en muchos rincones del planeta. Ese año lograron cosechar lo que habían sembrado desde unos tres o cuatro años antes: ser una fuerza organizativa, un sujeto político buscando un cambio en un mundo en crisis por el clima, pero también en crisis por las profundas inequidades sociales, generacionales, de género, económicas, de poder.  Las juventudes también entendieron que el movimiento frente a la crisis climática era una lucha contra la exclusión generacional. La demanda “¡con nuestro futuro NO!” en el fondo es una demanda por el derecho a luchar y decidir por un futuro que es suyo y de las generaciones que vienen, un derecho a imaginar un futuro distinto. No les estamos ayudando lo suficiente. Y cuando hablan y demandan el futuro lo hacen desde la necesidad del presente. Es decir, no están “aventando” las decisiones a años posteriores, sino demandan claras y contundentes hoy.    En el día de las juventudes, recuerdo con mucha emoción la movilización de aquel otoño en Glasgow, pero también repaso y agradezco las conversaciones y aprendizajes que las juventudes nos obsequian en México: la banda en ICM y en las organizaciones aliadas, en las aulas, los hackatones, la calle, la colonia, la comunidad, el barrio. Como activistas por el clima debemos de aprender de ellas, ellos, elles: necesitamos movilizarnos, organizarnos, salir a la protesta, tomar las redes sociales y darles contenido. Pelear desde los territorios para hacer frente a la crisis climática, atender las causas y las consecuencias, demandar justicia climática y transiciones energéticas justas.  En Glasgow las juventudes lo dijeron en voz muy alta: con el futuro no, la acción es hoy. Reconocemos que el entorno para el activismo es agreste, difícil y en muchas zonas del país, peligroso. Pero también aplaudimos la creatividad, fortaleza, energía y la esperanza de las juventudes. La crisis climática necesita de este poderoso movimiento para la acción hoy. Caminemos juntos, juntas, juntes. Les acompañamos, les escuchamos, les leemos.  Columna publicada en la revista Proceso: https://www.proceso.com.mx/opinion/2025/8/15/lo-que-tenemos-que-aprender-de-las-juventudes-frente-la-emergencia-climatica-357316.html   Facebook Twitter LinkedIn Noticias recientes

Esperanza y colaboración para la acción climática

Esperanza y colaboración para la acción climática Mary Flores, investigadora asociada, Iniciativa Climática de México (ICM) Emilia Amezcua, internacionalista colaboradora, Iniciativa Climática de México (ICM)   ICM se unió a la Arquidiócesis Primada de México e IMDOSOC para impulsar una cultura climática entre jóvenes inspirada en Laudato Sí. Si viajamos en el tiempo hacia el año 2015, presenciaríamos acontecimientos que marcaron una convergencia histórica de la acción global por el cuidado del planeta. En junio, en Roma, la publicación de la Encíclica Laudato si’ del Papa Francisco y en noviembre, en París, la negociación del Acuerdo de París.  Estos esfuerzos, desde su creación, han reunido a distintos actores en diversas partes del mundo, dirigidos a un mismo destino: lograr un equilibrio entre la salud de la naturaleza y el desarrollo económico y tecnológico.  Integrantes de la Asamblea General de Naciones Unidas externaron su reconocimiento a la respuesta integral que dio el papa Francisco a la compleja crisis social y ecológica en la encíclica. Texto respaldado por el diálogo entre el Sumo pontífice y un grupo de científicos, con el acompañamiento de la Pontificia Academia de las Ciencias.  Se aplaudió de la encíclica el llamado moral a toda la humanidad a impulsar modos de vida sostenibles. En términos prácticos, esto implica disminuir la generación de residuos –al evitar el empleo de plástico de un solo uso y consumir con responsabilidad; el fomento del uso del transporte público y la movilidad activa –como caminar o andar bicicleta; integrar la producción de energía limpia y renovable –como los paneles solares; añadiendo muestras de solidaridad con los más vulnerables ante esta crisis. En la emblemática Conferencia de las Partes 21 en París (COP21), la Encíclica Laudato Si’ no fue un documento negociado directamente. Sin embargo, su mensaje resonó fuertemente antes y durante las conversaciones, gracias al Movimiento Católico Mundial por el Clima y a su red de más de 200 socios católicos. La encíclica ha dado origen a redes y plataformas e iniciativas para llevar su mensaje a la praxis institucional, como el Movimiento Laudato Si’, constituido por alrededor de 1000 organizaciones en más de 150 países. A la lista se suman la Semana Laudato Si’, un espacio que une a miles de personas del mundo para reflexionar, orar y actuar por el cuidado de la Creación, o campañas como Transformar la deuda en esperanza que impulsa la condonación de deudas excesivas con las que cargan algunos países a fin de liberar recursos y destinarlos al desarrollo sostenible.  De acuerdo con la Alianza Europea Laudato Si’, el 95 % de las organizaciones católicas europeas han iniciado cambios institucionales inspirados en la encíclica. En México, también se ha impulsado la divulgación científica y cultural sobre la protección de la casa común. Es el caso de la Red Laudato Si’, conformada por la Arquidiócesis Primada de México, IMDOSOC e ICM.  Asimismo, en los espacios universitarios se han estructurado planes de acción de siete años para incorporar los siete objetivos de la encíclica —la justicia ecológica, el acceso equitativo al agua, la economía circular y la espiritualidad ambiental— un compromiso sistémico con la agenda ambiental.  El Acuerdo de París y la Encíclica Laudato Si’ ubicaron en el centro la urgencia de enfrentar las crisis climática, social y ecológica complementariamente –uno como acuerdo vinculante entre Estados con compromisos diferenciados y el otro como llamado moral a una conversión ecológica integral, que ha hecho eco en los espacios de discusión climática. Gracias a estos esfuerzos, hoy existe una visión común que da esperanza y guía colaborativa a la acción climática global.  Facebook Twitter LinkedIn Noticias recientes

Sociedad civil: clave del multilateralismo transformador

La sociedad civil: columna vertebral del multilateralismo transformador Mariana Gutiérrez Grados Gerente de Diplomacia y Transparencia Climática en Iniciativa Climática de México Mucho antes de que el Acuerdo de París fuera firmado en 2015, las organizaciones de sociedad civil ya estaban al frente de la defensa climática. En cada conferencia, cada espacio técnico y cada proceso nacional, la sociedad civil ha sido la primera en aplaudir los esfuerzos positivos de los países y, en otras ocasiones, testigo incómodo, voz crítica y motor de cambio. Nuestro papel ha sido constante: exigir mayor ambición, promover transparencia, visibilizar injusticias socioambientales y empujar hacia soluciones justas y alineadas a la altura que exige la crisis climática. No llegamos tarde a la conversación climática; llevamos décadas sosteniéndola. A diez años de la firma del Acuerdo de París, la Conferencia de las Partes, COP30, a celebrarse en Belém, Brasil, representa mucho más que una nueva cumbre climática. Es una oportunidad histórica para que América Latina y el Caribe se posicionen como protagonistas de la implementación climática global. En el corazón del “sur global”, Belém reunirá a líderes, negociadores, científicos y activistas en una conversación que ya no puede aplazarse: cómo responder de forma justa, efectiva y urgente a la crisis climática. El contexto internacional no es sencillo. Crecen los discursos autoritarios, se debilita la solidaridad entre naciones, y resurgen agendas anti-climáticas que ponen en riesgo los avances alcanzados. Incluso los espacios multilaterales enfrentan cuestionamientos por su falta de transparencia y por posibles conflictos de interés que favorecen a actores contaminantes.  Por ejemplo, las Reuniones de Junio sobre Cambio Climático (SB62), celebradas en Bonn, Alemania, fueron una muestra clara de este desgaste. Cada medio año, estos encuentros se llevan a cabo con el fin de facilitar el terreno técnico y político para las negociaciones de la COP. Los participantes ofrecen información científica, tecnológica y de metodología fundamentales para orientar la toma de decisiones. Sin embargo, este año las sesiones comenzaron tarde por la falta de acuerdo sobre una agenda común, reflejando la fractura del diálogo y la creciente desconfianza en los procesos diplomáticos. Pero justo en ese terreno movedizo, las organizaciones de sociedad civil se mantienen firmes. Y en Bonn lo demostramos. Desde nuestras trincheras, las organizaciones no gubernamentales analizamos el desempeño de nuestros gobiernos con mirada crítica, pero constructiva. Generamos propuestas técnicas, alternativas legislativas, diagnósticos financieros y marcos de acción que enriquecen las políticas públicas y fortalecen su legitimidad. Socializamos conocimientos, ampliamos el debate, y visibilizamos las soluciones más eficaces para los grupos y comunidades históricamente ignoradas. Además, contribuimos a restaurar algo que no puede medirse en toneladas de CO₂ ni en hojas de cálculo: la confianza. La confianza de que aún es posible construir acuerdos colectivos, de que la acción climática puede ser justa, transparente y participativa, y de que las decisiones globales deben responder a las realidades locales. En Bonn, mientras algunos actores paralizaban los procesos, la sociedad civil tejía diálogos, impulsaba encuentros, y buscaba caminos alternativos para avanzar. No fue un papel de observadores; fue uno de liderazgo activo. Rumbo a Belém, este es el llamado: reconocer a la sociedad civil no como invitada en la implementación climática, sino como columna vertebral del multilateralismo transformador. En América Latina y el Caribe, hay una fuerza colectiva que articula justicia social, sabiduría territorial y resiliencia frente al cambio climático. Esa fuerza merece ser escuchada, apoyada y posicionada en el centro de las soluciones. La COP30 es nuestra oportunidad de demostrar que la implementación no es una tarea técnica limitada a cifras y cronogramas, sino un proceso profundamente humano, donde la acción climática cobra sentido cuando responde a las voces que no han sido escuchadas en la toma de decisiones. Si restaurar la confianza es el primer paso para avanzar, entonces que el protagonismo de la sociedad civil sea el puente entre lo posible y lo urgente.   Facebook Twitter LinkedIn Noticias recientes